|
El bar es incesante. Es imposible alcanzar sus confines.
Del modo más caprichoso se suceden salones, mostradores,
pasillos y reservados. Se dice que no hay forma de salir
del bar. Sin embargo, muchos tratan de hacerlo. Hombres
jóvenes, inconformes, beligerantes, eligen una dirección
cualquiera y avanzan desaforadamente buscando la puerta,
o el centro, o la explicación del bar. Generalmente
nadie vuelve a verlos.
Algunos presienten una verdad terrible: no se puede salir
del bar no por la falta de puertas, ni por la disposición
caprichosa de sus instalaciones, sino porque no hay otra
cosa que el bar. El afuera no existe.
Si es verdad que los parroquianos están condenados
a vagar perpetuamente por los mismos lugares, también
debe ser cierto que sus conductas se repiten del mismo modo
inevitable. Los músicos están aquí
desde el comienzo de los tiempos y estarán acá
siempre. También los mozos, las prostitutas, los
borrachos y el narrador de historias, condenado a que nadie
lo escuche.
|